Will Rodríguez: De la casa al trabajo. La experiencia de la lectura en los entornos familiar y laboral*

jueves, marzo 14, 2013

De la casa al trabajo. La experiencia de la lectura en los entornos familiar y laboral*



El hogar y el centro de trabajo son dos lugares de muy distinto ambiente en los cuales una persona pasa la mayor parte de su vida. El tiempo libre, en ambos casos, es un preciado tesoro que poca gente aprovecha para la práctica de hábitos relacionados con la cultura. Contrario a lo que se pudiera pensar, estar en casa no significa disfrutar del ocio, y eso es algo que cualquier integrante de la familia tiene muy en cuenta. Las actividades domésticas no son realizadas dentro de lo que uno relaciona con el llamado tiempo libre; son obligaciones que si se dejan de atender pueden transformar nuestra casa en un verdadero infierno. 
“Libre” es el tiempo que tenemos para no hacer nada que represente una obligación. Es decir, bañarse y vestirse para ir a trabajar no son actos de libertad, sino de higiene básica y convencionalismo social. Por otro lado, en el ámbito laboral, el concepto de ocio es asimilado como desfachatez, “huevonería”, cinismo, desacato, “valemadrismo” y falta de ética profesional. ¿Acaso no es eso lo que pensamos de la secretaria que se pinta las uñas en la antesala de un despacho público, del que chatea con sus cuates en la oficina o de quienes están comiendo una torta en el archivo del IMSS? El tema del necesario relajamiento en horas de oficina puede resultar polémico. Se sabe de países donde hay empresas e instituciones que cuentan con salas de descanso y esparcimiento para sus empleados, pero, independientemente de la efectividad y los beneficios que esto conlleva, tendríamos que pensar de manera objetiva cuál sería nuestra reacción si al llegar a una oficina para tramitar un servicio nos dijeran que la persona responsable está en su momento de “relajamiento”.
En síntesis, tanto en la casa como en el trabajo el tiempo libre es difícil de conseguir, toda vez que cuando no hay actividades urgentes o de primer orden, siempre surgirán obligaciones secundarias no por ello indispensables para el correcto funcionamiento de ambos espacios de convivencia y supervivencia.
Todo lo anterior llega a esta mesa con la finalidad de establecer una relación con el hábito de la lectura, entendiendo a ésta como un acto libre y de esparcimiento —en el caso del entorno familiar—, haciendo a un lado los motivos escolares o académicos; y como un acto necesario para el desarrollo profesional, donde las lecturas complementarias, no-obligatorias, representan una oportunidad de formación y crecimiento. Para que la lectura se convierta en un hábito debe estar apoyada en la agradable experiencia de ella misma, y no estar representada por “un esforzado descifrar de palabras para satisfacer una obligación escolar”[1] o laboral.
Si bien el hábito de la lectura en un individuo puede ser adquirido y fomentado en cualquier etapa de la vida, es un hecho que las personas que más leen en la actualidad adquirieron dicha costumbre durante la infancia, influenciados por la lectura de sus padres o la presencia de los libros en la casa. Vale la pena retomar los resultados de la Encuesta nacional de lectura 2006 realizada por el Sistema de Información Cultural del Conaculta, con el apoyo de la UNAM; la Encuesta nacional sobre prácticas lectoras 2006, elaborada por la SEP y el INEGI; y la Encuesta nacional de lectura 2012 realizada por la Fundación Mexicana para el Fomento de la Lectura, A.C., las cuales, aun con el paso de los años y la diferencia metodológica en su aplicación, ofrecen prácticamente los mismos resultados, con la triste particularidad de que la presentada en 2012 informa que, en comparación con la de 2006, el porcentaje de lectores mexicanos se redujo 10%.[2]
“El porcentaje de quienes declaran que la lectura les gusta mucho es más del doble entre quienes recibieron el estímulo paterno que entre quienes no lo recibieron. De manera análoga, la respuesta de que no les gusta leer se da en más del doble de los entrevistados que no recibieron el estímulo paterno que entre quienes sí lo recibieron. Se identifica una relación similar al cruzar las respuestas sobre si el padre o la madre le leían al entrevistado cuando era niño con el gusto por la lectura: casi la tercera parte de quienes respondieron que su padre siempre les leía expresó que le gusta mucho leer; en tanto que sólo 13.7% de a quienes su padre nunca les leía expresó que le gusta mucho leer. Se encuentra una estrecha relación entre haber recibido como regalo libros por parte de padres y familiares y el gusto por la lectura. Casi cuatro de cada 10 de los entrevistados que recibían frecuentemente libros como regalo declaran que les gusta mucho leer, mientras que entre quienes nunca recibieron libros regalados la proporción es sensiblemente menor. Igualmente, sólo 1.5% de quienes recibieron libros con frecuencia declaró que no le gusta la lectura, comparado con 20.2% de quienes nunca recibieron libros de regalo. De acuerdo con las respuestas de los entrevistados, los padres son el principal estímulo para la lectura cuando se es niño, los maestros cuando se es adolescente y la propia iniciativa cuando se es adulto.”[3]

Queda claro que el fomento de la lectura en los niños es una labor que compete, principalmente, a los padres de familia, y en segundo término a los maestros. Los profesionales en el tema (entiéndase bibliotecarios, promotores culturales, investigadores y docentes) coinciden en una serie de recomendaciones para llevar a cabo dicha labor, entre ellas: iniciar a los niños con cuentos —y yo agregaría los cómics o las historietas, con la debida cautela—, permitiéndoles que sean ellos mismos quienes elijan el material que más les atraiga la atención; leerles en voz alta, lo cual implica un tiempo especial para estar juntos, quizás antes de dormir; animarlos a que participen en la lectura, con sus comentarios y ocurrencias; predicar con el ejemplo, para que asimilen que leer es una actividad normal para los padres; regalarles libros a manera de premio o en ocasiones especiales; y llevarlos a la biblioteca —y a la librería— como si se tratara de una salida al cine o a la playa.[4]
Cabe mencionar que ninguna de las encuestas mencionadas incluyó a niños menores de 13 años, lo cual constituye un gran vacío en el tema. Este importante sector de la sociedad debería ser encuestado de manera específica para poder conocer y analizar la situación de la lectura entre la población infantil. Tal vez no sea tan difícil —por no decir imposible— organizar y llevar a cabo una Encuesta nacional de lectura entre los alumnos de las escuelas primarias públicas y privadas del país. Seguramente los resultados serían de gran utilidad para los padres de familia, escritores, editores, diseñadores, distribuidores, libreros y los propios niños. Acciones como ésta contribuirían al planteamiento de soluciones efectivas al problema del bajo nivel —cuantitativo y cualitativo— de la lectura en México, el cual, dicho sea de paso, se enmarca en un promedio de 2.9 libros leídos al año.[5]
Con respecto a la lectura en el ámbito laboral, son muy pocos los oficios que requieren de dicha actividad con fines de desarrollo individual. Es obvio que profesionales como los médicos y los científicos requieren de una consulta bibliográfica sistemática y permanente para poder estar al día y realizar su trabajo. No obstante, aunque la lectura es una actividad que otorga conocimiento, sensibilidad e inteligencia a cualquier persona, cualquiera que sea su oficio, existen algunos sectores de la sociedad en los que leer representa un valor adicional. Me refiero a los trabajadores de la industria editorial, los medios de comunicación y el magisterio, quienes tendrían que contar con amplia cultura general y ser buenos amantes de los libros. Si un editor conoce la buena literatura, seguramente procurará ofrecer a los lectores contenidos de mejor calidad; si un conductor de noticieros acostumbra leer cotidianamente, el conocimiento y la cultura adquiridos perfeccionarán su desempeño, al mismo tiempo que los televidentes estarán mejor informados; si un maestro de secundaria disfruta la lectura de obras de autores clásicos y contemporáneos, entonces motivará con especial interés dicho hábito entre sus alumnos.
Y es aquí donde vuelve a surgir el problema del tiempo libre: “¿A qué hora me voy a poner a leer, si tengo un chorro de trabajo, y cuando llego a la casa solamente quiero descansar?” Las respuestas a esta interrogante que muchos nos hemos planteado son muy sencillas: anotar en la agenda la hora para leer como si fuera una cita con alguien que nos hará ricos; y aprender a disfrutar la lectura como un acto placentero, no como un acto obligatorio o como una actividad que nos instalará en una élite. El tiempo dedicado a la lectura debe ser sincero, noble y agradable. Por supuesto, es necesario examinar cuánto tiempo le dedicamos a la televisión y al internet para poder hallar esos minutos de tranquilidad que la lectura amerita.
De igual manera, debemos hacer a un lado la idea de que los libros son caros, pues existen las bibliotecas públicas, las librerías de viejo, las ferias de lectura, las ventas de garage —y hasta los basureros— donde podemos consultar o adquirir libros maravillosos a muy bajo costo. El buen lector no requiere de los best-sellers para estar al día, pues la literatura es milenaria, inmortal e infinita. También está la posibilidad de pedirle a un amigo que nos preste un libro, claro, sin tomar en cuenta aquel dicho de que “quien presta un libro es un pendejo, y quien lo devuelve lo es dos veces”.
Se dice que el amor y el dinero son cosas imposibles de ocultar. Habría entonces que incorporar a la lectura, como base de la educación, en esta categoría, toda vez que el conocimiento y la sensibilidad que otorga hacen que la persona transmita sensibilidad e inteligencia, virtudes que nos pueden ayudar a encontrar un buen empleo o a conservar el que tenemos. De hecho, es indiscutible que no es necesario un título académico para desempeñar de excelente manera una responsabilidad laboral, siempre y cuando se trate de alguien en constante actualización. Es aquí donde la lectura adquiere su cualidad de fundamental, al grado de ser capaz de lograr que un individuo sin título académico supere en sabiduría y capacidad a quien sí lo tiene. Si una institución o empresa exigen un documento oficial que avale determinados estudios, es asunto aparte. El hecho es que nadie puede saber a ciencia cierta cómo fue la formación educativa ni cuál fue la calidad de las lecturas de un profesionista.
Leer es un acto de igualdad entre los seres humanos; representa, asimismo, una oportunidad de crecimiento profesional a un costo mínimo. Encontrar el espacio adecuado para practicar cotidianamente la lectura es, quizás, el reto más difícil en estos días en que estamos expuestos a tanta información y tecnología. Sin embargo, acostumbrarse a lo bueno es bastante fácil; solamente hay que tomar la decisión y permitir el paso de un nuevo hábito a nuestra  vida.


*Ponencia presentada en el V Congreso Internacional de UC-Mexicanistas “Lectores somos y en la FILEY andamos”, en el marco de la Feria Internacional de Lectura Yucatán, el 13 de marzo de 2013 en el Centro de Convenciones Siglo XXI de la ciudad de Mérida.


[1] Jorge Orlando Melo, “Importancia de la lectura (y la literatura) para la educación y la formación de los niños y el desarrollo social”, artículo, Biblioteca Luis Ángel Arango, Medellín, 1993.
[2] Ver “4 de 10 personas leen en México, revela encuesta nacional”, en http://aristeguinoticias.com, 27 de noviembre de 2012.
[3] Encuesta nacional de lectura 2006, Conaculta, UNAM.
[4] Alejandra Rodas, “Siete consejos para fomentar el hábito de la lectura en los niños”, en www.starmedia.com, 19 de julio de 2011.
[5] Encuesta nacional de lectura 2012, FunLectura, A.C., aplicada a personas mayores de 12 años.

1 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Excelente material! muchas gracias!

5:33 p.m.  

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